Hace unas semanas el senador José María Martínez, del partido
Acción Nacional de tendencias centro derechistas (o de centro o liberal o
tecnócrata dependiendo de los tiempos y que tan mal visto se vea), por fin
escucho a sus votantes, y organizó la Comisión Ordinaria de la Familia y Desarrollo Humano.
José
María Martínez señaló que en México se han adoptado políticas internacionales
que han llevado a crear institutos de atención a las mujeres, a la niñez, a los
jóvenes y a los adultos mayores, “pero lamentablemente lo hemos hecho sin
pensar en el concepto integral de la familia, desde ese concepto de lazos
naturales que ha predominado a lo largo de la historia y que ha resistido
embates de modas y tendencias”. Dejándonos de eufemismos e
interpretaciones políticas, dicha comisión se creó para defender la vida, el
matrimonio tradicional, la moral y las buenas costumbres. Ya era tiempo de que
se hubiera creado un organismo así.
Pero
claro, no todo puede ser miel sobre hojuelas, y es así porque ya los “progresistas,
intelectuales y comunicadores” de la izquierda, feminazis y muchos otros
liberales de salón ya salieron a respingar que esta comisión atenta contra los
derechos de grupos minoritarios y demás sarta de tonterías demagógicas, más
recurrentes en una cantina de pueblo.
Como
siempre no se había hecho esperar la censura de los que piden expresarse; la
agresión de los que piden tolerancia. Esto ya se ha convertido en una dictadura
contra el libre pensamiento. Todo lo que atenta contra sus delicadas
susceptibilidades es motivo de ataque y descalificación, típica de una chusma
de granjeros con picos, arados y antorchas.
Otro
ejemplo reciente es el caso del último libro del psicoterapeuta norteamericano
Richard Cohen titulado “Hijos gays, padres heterosexuales”, cuya persecución se
ha hecho más que palpable por parte de la Inquisición Rosa, tachándola de “denigrante
para el colectivo LGBT y fomenta la homofobia”. No sé si soy el único que se ha
dado cuenta que ahora la palabra “homofobia” se ha convertido en una especie de
palabra policiaca, como “contrarrevolucionario” o “antisoviético”, expresiones
que hacían temblar al más valiente, ya que usada en acusaciones podía costarte
que te cortaran el cogote.
¿Será
posible que podamos llegar a eso? La pregunta está en aire.
“Queremos
menos palabrería liberal y más respeto a la libertad profunda del hombre.”
C.A.F.E.






